Controla tu ira antes de que ella te controle a ti.

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En primer lugar quiero explicar de dónde proviene la ira y que es. Realmente la ira se produce cuando no aceptamos la realidad, cuando las cosas no suceden del modo que nosotros queremos. Es  el miedo a no poder controlar el resultado de una situación o las acciones de los demás y que se desarrollen como a nosotros nos gustaría.

Quien no ha sentido alguna vez en su interior esa rabia desbordante por cualquiera que sea el motivo. Esa emoción nos puede hacer gritar a alguien estando fuera de lugar, ser violentos, tener una respuesta cortante, haces un ataque hiriente…

Por ejemplo, la ira suele aparecer cuando una persona hace algo de una forma completamente diferente a como nosotros lo haríamos y lo juzgamos como que lo está haciendo mal, y pensamos que sería mucho más sencillo a nuestra manera. Realmente en ese momento no estamos respetando a la otra persona, a su manera de hacer las cosas y a los conocimientos que posee en ese momento la persona.  Nos gustaría imponer nuestra forma y por eso sentimos ira.

Aunque la ira también tiene una parte positiva como TODAS nuestras emociones, cada una de ellas está ahí por una razón, durante nuestra historia nos han servido para sobrevivir y  llegar donde estamos hoy.  La ira nos llena de energía, nos hace sentirnos fuertes, nos prepara para la acción.

Con la suficiente inteligencia emocional, podemos aprovechar toda esta energía sin que nos llegue a desbordar. La ira nos sirve para pasar a la acción cuando queremos cambiar una situación, y de forma controlada puede ser muy productiva.

Cuando hablo de ira controlada y productiva me refiero a darnos cuenta de lo que sentimos y a buscar soluciones activas a la situación,  sin que la ira nos controle.

Por ejemplo, la ira contra una ley injusta del Gobierno nos puede llevar a salir a la calle a protestar  y emprender acciones para cambiar la situación actual que no aceptamos. Otra cosa es la ira destructiva, que en vez de llevarnos a la acción productiva, nos puede llevar a la acción destructiva.

El primer paso para ello, es reconocer nuestra ira, no es extraño ver a personas culpar a los otros de la ira que ello sienten, por ejemplo diciendo “¡me sacas de quicio!”, cuando en realidad estas enfadado contigo mismo. Juzgan la acción del otro como “lo estas haciendo mal”, porqué pensamos que la otra persona está equivocada.

 

¿Cómo podemos superar nuestra ira?

En muchas ocasiones nos las damos de ser muy respetuosos pero es algo que nos cuesta barbaridades. En el momento que respetamos al otro, respetamos su manera de actuar y su forma de ser le estamos aceptando, y esto quiere decir que lo queremos totalmente así como es y no queremos cambiar nada en esa persona.  Si no queremos cambiar nada, no hay porqué sentir ira.

Cada uno de nosotros es único y irrepetible, y tenemos que aceptar que cuando nosotros tenemos nuestras opiniones y puntos de vista, nunca van a ser compartidos el 100% por ningún otro ser humano. Así que se vuelve algo vital aprender a respetar a los otros tal y como son para también respetarnos a nosotros mismos.

Así que responsabilizarnos de nuestra ira , nos  permite ser más honestos con nosotros mismos con relación a lo que sentimos y es una clave para hallar la felicidad en nuestro interior, así como mejorar la relación con los otros.

 

RESPONSABILIZATE DE TUS SENTIMIENTOS EN VEZ DE ECHAR LA CULPA A LOS DEMÁS.

 

Tenemos que aceptar que no podemos controlar determinadas cosas, no podemos cambiar la forma de pensar y actuar los demás. Al fin y al cabo, en según qué situaciones, cuando nos desbordamos por la ira,  ¿nos aporta algo bueno? ¿o nos perjudica para poder actuar de la forma más adecuada en la situación?

 

 

Para reflexionar sobre ello os dejo una leyenda escrita por Jorge Bucay, titulada:

EL CAMINO DE LAS LAGRIMAS.

“Había una vez…, un estanque maravilloso. Era una laguna de agua cristalina y pura donde nadaban peces de todos los colores existentes y donde todas las tonalidades del verde se reflejaban permanentemente. Hasta ese estanque mágico y transparente se acercaron a bañarse haciéndose mutua compañía, la tristeza y la furia. Las dos se quitaron sus vestimentas y desnudas las dos entraron al estanque. 

La furia, apurada (como siempre está la furia) urgida –sin saber porqué– se bañó rápidamente y más rápidamente aún, salió del agua… Pero la furia es ciega, o por lo menos no distingue claramente la realidad, así que, desnuda y apurada, se puso, al salir, la primera ropa que encontró. Y sucedió que esa ropa no era la suya, sino la de la tristeza. Y así vestida de tristeza, la furia se fue. 

Muy calma, y muy serena, dispuesta como siempre a quedarse en el lugar donde está, la tristeza, terminó su baño y sin ningún apuro (o mejor dicho, sin conciencia del paso del tiempo), con pereza y lentamente, salió del estanque. En la orilla se encontró con que su ropa ya no estaba. Como todos sabemos, si hay algo que a la tristeza no le gusta es quedar al desnudo, así que se puso la única ropa que había junto al estanque, la ropa de la furia. 

Cuentan que desde entonces, muchas veces uno se encuentra con la furia, ciega, cruel, terrible y enfadada, pero si nos damos el tiempo de mirar bien, encontramos que esta furia que vemos es solo un disfraz, y que detrás del disfraz de la furia, en realidad…, está escondida la tristeza.” 

 Imagen de Kie

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